MI MEJOR “CONSEJO-NO CONSEJO”

Me quedé esperando trillizas de manera totalmente inesperada cuando mi hijo mayor tenía un año. En ese minuto estaba viviendo en Estados Unidos y tuve que planificar una vuelta de emergencia para recibir a mis guaguas en Chile.

El gran problema de la situación fue que, de un día para otro, me volví a Chile sin explicarle absolutamente nada a mi hijo que todavía no hablaba. Así, él despertó un día en otro país, en otra casa, en un lugar en donde se hablaba otro idioma, sin sus amigos de siempre, ni su plaza, ni lo más importante, su papá. La verdad es que yo misma estaba en estado de shock y no pensé mucho en la forma en que debía preparar a mi hijo.

Agustín tuvo un cambio de actitud muy significativo y notorio con este cambio de vida e incluso pensamos que podía haberse enfermado o gatillado alguna enfermedad a sus casi 2 años.

Y el diagnóstico final y confirmado ahora que lo miro hacia atrás (han pasado 3 años), es que mi hijo tuvo un “bloqueo emocional” causado por los grandes cambios que tuvo en su vida por esta situación extrema.

Estoy convencida de que la historia hubiese sido radicalmente distinta si hubiera sabido la importancia de ANTICIPAR los cambios en los niños, incluso para aquellos que todavía no hablan y, sobre todo, si serán cambios importantes. Si lo hubiera sabido en ese entonces, hubiera hecho muchas cosas para prepararlo antes de volver: hubiera hecho las maletas con él, lo hubiera llevado a despedirse de cada uno de sus amiguitos, le hubiera hablado de lo que estaba pasando todos los días previos al regreso (aunque no tuviera respuesta), hubiera inventado algo para que él supiera que nos íbamos a separar por un tiempo de su papá, le hubiera dicho “chao” a cada una de las piezas del departamento y quizás se me hubieran ocurrido varios rituales más.

Le llamo mi mejor “consejo-no consejo” porque para mí ha sido el mayor aprendizaje que he tenido en mi experiencia intensa de mamá, pero nunca lo recibí como consejo antes de serlo. Y ahora aplicamos el principio de la anticipación para cada paso de nuestra rutina familiar. Ya no se apaga la televisión para llevar a los niños a comer si no que les decimos “cuando se acabe este capítulo vamos a ir todos a comer”, ya no se terminan los juegos repentinamente si no que los preparamos diciéndoles “5 minutos más para jugar y vamos a ir a ponernos pijama” y así...

Desde que hacemos las cosas de esta manera, ha sido impresionante como todo fluye mejor, no hay negociaciones ni agresividad. En cambio, los niños están tranquilos, saben qué viene y no se les corta la actividad que están haciendo de manera sorpresiva.

MUJER HIT

M. Jesús Edwards

@mama.multiplechile

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