DON´T WORRY, BE HAPPY

Desde que el hombre pisó la tierra por primera vez hasta nuestros días, la felicidad siempre ha sido el motor de nuestras motivaciones. Históricamente la felicidad jamás había estado en una posición tan centralizada como lo es en la actualidad, pero sin embargo, los índices de salud mental indican que no estamos buscando en el lugar correcto lo que nos hace felices y que por el contrario, esta fiebre de felicidad podría ser una trampa muy peligrosa.

La felicidad es quizás el anhelo más antiguo de la humanidad. Todos nuestros ancestros en la cadena evolutiva desde hace ya 400.000 años han buscado de alguna u otra manera una forma de felicidad. Tratar de ser feliz sería un mecanismo evolutivo impreso en nuestros genes, como afirmaba Darwin: “Si la mayoría de los miembros de una especie sufriese mucho, no se propagarían. Esto me hace creer que, por regla general, todos los seres vivientes han sido formados para estar contentos.”

Históricamente la felicidad ha ido ocupando un espacio cada vez más prioritario en la sociedad. Nos hemos dado cuenta de los efectos positivos que tiene en los distintos ámbitos de nuestra vida por lo que los medios masivos, las marcas y la publicidad la invocan de forma cada vez más masiva. Sin embargo, según la Organización Mundial de la Salud, la depresión es la principal causa de discapacidad en el mundo y afecta a cerca de 350 millones de personas, principalmente a mujeres.

Estamos en la era de la felicidad y nos empeñamos en crear un relato feliz de nuestras vidas y de vivir en armonía con éste, pero muchas veces tenemos expectativas tan ambiciosas que hemos incorporado de lo que vemos en los medios sociales, que el riesgo a cuestionarse nuestra propia realidad es muy alto. Además, en la era de la felicidad no hay espacio para las “emociones negativas”, son demasiado amenazantes, por lo que intentamos desconectarnos de cualquier emoción que no se parezca a la felicidad y de cualquier experiencia de fracaso, buscando alguna especie de recompensa que nos brinde una gratificación inmediata y para eso contamos con todo un “mercado de felicidad”. Es ahí cuando comenzamos a dirigir nuestras motivaciones hacia recompensas externas: éxito financiero, bienes materiales, imagen, status y popularidad.

Los estudios sobre felicidad han asociado a las personas que tienen una mayor tendencia a tomar decisiones bajo este tipo de motivaciones con mayores índices de depresión, ansiedad e insatisfacción personal. Por el contrario, aquellas personas que tienen una mayor tendencia a perseguir metas, que no implican una recompensa externa si no que están orientadas a la autorrealización personal, a la búsqueda de relaciones cercanas con amigos y familiares y a aportar en la comunidad, tendrían mayores niveles de satisfacción personal así como menores índices de depresión y ansiedad.

Salud mental no significa ausencia de tristeza, de angustia, de rabia, ni de ninguna otra emoción que no se le parezca a la felicidad. La tristeza, probablemente la emoción más temida de todas, es la única que nos permite recuperarnos luego de las pérdidas y situaciones dolorosas al permitir una reflexión para poder reorganizarnos, así como una búsqueda de afecto y ayuda en nuestros familiares y cercanos. Todas las emociones tienen funciones muy importantes y están ahí para decirnos algo, por lo que tenemos que darles su espacio, escucharlas, conversar con ellas, porque sólo de esa manera podremos adaptarnos a las diferentes etapas y crisis de la vida. De lo contrario solo lograremos

COLABORADORA HIT

Florencia Pérez Matta

Psicóloga Clínica

Pontificia Universidad Católica de Chile

Psicóloga Fundación DEBRA Chile

Consulta particular: Bajadoz 100, oficina 1513

mfperez1@uc.cl

taparlas con el manto de la felicidad de consumo, para seguir siendo felizmente infelices.